NINO BARIOLA: “¿PARA QUÉ QUERRÍAMOS TRANSGÉNICOS EN NUESTRO PAÍS?”

Apasionado del estudio de las dinámicas culturales y políticas de los mercados, la desigualdad, la alimentación y la corrupción. Hablamos hoy sobre transgénicos.

Escribe Paola Miglio (@paola.miglio)

Nino Bariola es un apasionado del estudio de las dinámicas culturales y políticas de los mercados, la desigualdad, la alimentación y la corrupción. Candidato a PhD en sociología por la Universidad de Texas en Austin (Estados Unidos) y máster en Estudios Latinoamericanos por la misma universidad, su tesis doctoral examina los orígenes y efectos sociales y ambientales de la reciente expansión transnacional de la gastronomía peruana. Hoy hablamos con él sobre cómo el debate sobre transgénicos se extiende más de la ciencia. 

No vamos a discutir sobre el perfil científico de los transgénicos o el glifosato. Hablemos de los que muchos científicos no ven: salgamos del laboratorio. ¿Son buenos para el Perú? Una pregunta clave algo opacada en el debate actual en el Perú es la de para qué querríamos cultivos transgénicos en nuestro país. En las naciones vecinas, el uso de transgénicos está orientado casi exclusivamente a la agricultura industrial de escala masiva para la producción de alimento animal. Es por eso que varios expertos hablan de la convergencia entre el “giro biotecnológico” de la agricultura y la creciente tendencia hacia la “carnificación” del consumo global. En Argentina y Brasil, vemos justamente eso. La socióloga Amalia Leguizamón da cuenta en su investigación que en Argentina la soya transgénica ocupa cerca del 50% de toda la tierra cultivable del país, constituye más del 30% de las exportaciones, y esas exportaciones se destinan a países que la utilizan como forraje animal.

¿Es ese el modelo agroalimentario por el que queremos apostar en el Perú? Me parece que no. Este modo de producción genera e intensifica problemas sociales y ambientales serios como la deforestación y la concentración de tenencia de tierra. Hay amplia evidencia científica que da cuenta de estos problemas y que apunta al rol de los transgénicos en cómo y cuánto se vienen agravando.

Varios biólogos sugieren que en el Perú se podría dar usos distintos y más ceñidos a los transgénicos. Eso es imposible dadas las condiciones institucionales y estructurales actuales. Y no debemos ser ciegos ante el hecho de que en el resto de países de la región los transgénicos se usan fundamentalmente para ese modo de producción masivo ni olvidar que los intereses de las poderosas corporaciones metidas en el tema (como Bayer) tienen también ese horizonte. Creer en este marco que el Perú va a ser excepcional en la adopción de esta tecnología me parece más un acto de fe que otra cosa.

Tenemos un país marcado por distintas matrices culturales. Pero el Estado comete errores como darle anchoveta a un niño que vive la Amazonía y no entiende por qué está mal. Los científicos caen en lo mismo al no prestar atención a las características de los lugares en los que quieren implementar la biotecnología. ¿Por qué nos somos capaces de analizar el contexto?

Hay varios apuntes que desgranar sobre la relación entre ciencia, agricultura, Estado y sociedad. Tenemos un Estado con una capacidad institucional muy limitada—y es particularmente limitada en materia ambiental-. La debilidad del Estado puede ser una verdad de perogrullo, pero cabe traerla a colación porque algunos biólogos parecen olvidarse de ella al abogar por ya permitir cultivos transgénicos con solo crear un marco regulatorio para su uso. Asumir que eso es factible en el Perú a corto plazo y que va a funcionar adecuadamente es pecar de inocencia. No ha sido posible crear institucionalidad del calibre necesario en los 10 años de la moratoria. En países como Argentina y Brasil, donde el Estado es mucho más fuerte que el peruano, hay problemas para regular y manejar el tema. Y el grado de inocencia de esta idea es incluso mayor cuando tenemos en cuenta, además, que varias de las corporaciones más grandes y poderosas del mundo son parte de la ecuación: estas compañías son dueñas de las semillas transgénicas que se utilizan en gran parte de cultivos de este tipo en el continente. Falta muchísimo pan por rebanar todavía en el Perú en términos del desarrollo de una institucionalidad ambiental sólida que pueda hacerse cargo con solvencia de un tema como este.

¿Los transgénicos serían entonces una imposición al campesinado? Otro aspecto vinculado con la limitada capacidad del aparato estatal peruano tiene que ver con su falta de habilidad para articular demandas y perspectivas de los sectores menos favorecidos de la población. La situación es más grave incluso cuando son dichos sectores los que se verían afectados más significativamente por la medida que está en juego. En el caso de los transgénicos, su ingreso para cultivos afectaría principalmente a los campesinos y las campesinas del país. Un gran número de gremios y asociaciones campesinas e indígenas ha dejado clara su posición al respecto: pese a la pandemia, han podido organizarse eficazmente y logrado el apoyo masivo de sus bases y de aliados en distintos sectores de la sociedad para solicitar al Ejecutivo y al Congreso que se extienda la moratoria vigente para el ingreso de transgénicos. El Congreso hizo suyo el pedido de las organizaciones y aprobó una extensión de la moratoria por 15 años. Pero el Ejecutivo ahora planea observar la propuesta de norma. El Presidente no debería darle la espalda a las organizaciones y asociaciones campesinas. Debería firmar y promulgar la ley sin demora. Es más, esta debería ser la primera de una serie de normas que configuren una política sustantiva de apoyo a la pequeña agricultura. La situación en la que la pandemia está dejando a la población campesina es especialmente precaria y requiere de la atención urgente del gobierno.

Muchos expertos anotan que “la gente tiene libertad de elegir”, y que prohibir los transgénicos es paternalista. Pero la libertad de elegir también se desprende del derecho a estar informados. ¿Estamos suficientemente informados? Más que reducir el debate a si estamos informados o no, habría que pensar que hay diferentes niveles de conocimiento necesarios para abordar el tema y distintas perspectivas al respecto. Se viene procurando construir la imagen de que la oposición de los campesinos y las campesinas ante el tema está basada en la mera falta de información veraz y de que si tan solo escucharan a los biólogos cambiarían de opinión. Esta es una falacia bastante problemática. En primer lugar, varias de las organizaciones campesinas que se vienen pronunciando sobre el asunto están sumamente bien informadas sobre los impactos que han traído los transgénicos en países vecinos. Muchos de sus líderes, como Luis Gomero y Clímaco Cárdenas, tienen años siguiendo y estudiando el tema. Es insultante asumir, como hacen algunos personajes en redes sociales, que la oposición a los transgénicos tenga necesariamente que ver con desconocimiento.

Por otra parte, hay sin duda muchos científicos que conocen bien el tema y seguramente tienen la mejor de las intenciones. Pero ante preguntas críticas sobre, por ejemplo, el impacto del glifosato o la deforestación, tienden a responder esquivamente sugiriendo que esos son efectos de los usos de la tecnología y no de la tecnología en sí, o recurren al discurso utópico según el cual los transgénicos son esenciales para incrementar la productividad de los cultivos y tienen así el potencial de mejorar la vida de los campesinos. Estos dos tipos de respuesta son cuestionables. La idea de que los avances tecnológicos son neutrales y que pueden ser aplicados sin prestar atención a las condiciones específicas del contexto socio-ambiental en el que se quieran implementar ha sido problematizada por una larga tradición de historiadores de la ciencia. En este caso, estamos hablando de una tecnología que, en gran medida, ha servido los intereses de grandes corporaciones multinacionales y que ha sido notablemente funcional a un régimen agroalimentario neoliberal y a las dinámicas sociales y ambientales propias de dicho modelo—acumulación por desposesión, monocultivos, entre otras-. El que algunos biólogos desmerezcan estos puntos o que prefieran no comenzar la conversación por allí es problemático, porque por ese lado van las preocupaciones que tienen muchos campesinos.

He leído en redes que científicos llaman ignorantes a los agricultores. ¿Qué piensas sobre eso? Es lamentable ver a científicos que llaman “ignorantes” o “bárbaros” a quienes están en desacuerdo con ellos. Estos científicos (que, cabe señalar, son un puñado de gente y no toda la comunidad de las ciencias) parecen creer que su propia voz debe prevalecer por sobre la del resto en este tema porque ellos son expertos en la materia. Siendo yo mismo alguien que viene estudiando años en un programa doctoral, puedo entender sus ganas de hacerse escuchar. Pero hay pues límites para esa convicción. Quedan en offside mal cuando insultan a quienes expresan preocupaciones completamente comprensibles y legítimas sobre el tema. Esto ha ocurrido en varios foros, presentaciones y redes sociales. Ante preguntas, por ejemplo, sobre los efectos ambientales de los transgénicos, algunos científicos han respondido con sorna o aduciendo que estaban siendo manipulados, que estaban desinformados por fake news o se les tachaba de anticiencia.

Juzgan desde la comodidad de escritorio a quienes tienen una vasta experiencia en el campo… Siguiendo el punto anterior, la pericia de los científicos puede bien residir en temas genéticos; pero los problemas de los transgénicos no son (solo) de ese orden; son, también, problemas políticos, sociales y económicos. En ese sentido, para evaluar consistentemente los impactos de los transgénicos hay que saber sobre cosas que van más allá del campo disciplinario de la biología. Hay que saber sobre las dinámicas sociales del régimen agroalimentario neoliberal y sus efectos en la soberanía alimentaria, sobre los procesos de expropiación de tierras y la acumulación por desposesión que cunden en el mundo rural latinoamericano, sobre los factores que generan o incrementan la deforestación, sobre el funcionamiento del Estado y, en particular, sobre la historia de las relaciones Estado-campesinado y pueblos indígenas. El desarrollo rural es un asunto multidimensional y que debe ser analizado contemplando diferentes escalas. Plantear una jerarquía de conocimientos basada en la experticia de una disciplina específica, como procuran hacer algunos de estos cinetíficos, resulta limitado y simplista en virtud de que ignora dimensiones cruciales del asunto.

Si campesinos andinos— que han sido guardianes de semillas y de la biodiversidad, y que en el pasado no han necesitado comprarlas—tienen que hacerlo, se podrían enganchar con los transgénicos. ¿No se comenzaría a generar un círculo vicioso que favorece a grandes empresas mas no a ellos? Los precios bajarían enormemente, ¿no? Si hay más producto, se paga menos porque los productos no tendrían valor agregado. Los proponentes de los transgénicos tienden a repetir un discurso que circula transnacionalmente según el cual estos cultivos resultan esenciales para el incremento sustantivo de la productividad de la producción agrícola, y que eso es absolutamente providencial dado el crecimiento demográfico de la población global. Como dice el sociólogo Pablo Lapegna, este discurso a menudo viene sazonado con un imperativo moral que presenta a los cultivos transgénicos como una tecnología para ayudar a los campesinos más pobres. Comento parte por parte.

Los metaestudios más exhaustivos que hay al momento sugieren que los cultivos transgénicos, en general, no son más productivos que los cultivos convencionales. Así lo señala un reporte de la Academia de las Ciencias de Estados Unidos, además de múltiples otras fuentes. Este punto es crucial porque pone en cuestionamiento uno de los pilares de los argumentos con los que se promociona los transgénicos.

Por otra parte, la propuesta de resolver el problema de la alimentación del mundo con la implementación de biotecnología no es nueva. Pero a estas alturas ya tendría que estar claro que plantear que los transgénicos son la solución mágica ante el problema del hambre, implica desconocer las raíces del asunto. Múltiples expertos han dejado claro que hay suficiente alimento para la población del mundo. Sabemos que el problema del hambre es generado por pobreza y desigualdad, más que por escasez. La gente más pobre, por sus limitados recursos, no puede acceder a los alimentos que hay disponibles en mercados locales. Esto ocurre no solo a escala global, sino que es una descripción precisa de lo que ocurre en el Perú también: casi 3 millones de peruanos y peruanas no tiene qué comer, pero el país desperdicia 33% de todos los alimentos que se producen. Esta es una de las ironías más trágicas de un país en el que hay una efervescencia nacional alrededor de la gastronomía.

Finalmente, ¿puede la biotecnología ser beneficiosa para los campesinos más pobres? El sociólogo Gerardo Otero nos recuerda que las semillas transgénicas son commodities, y como tales, han sido desarrolladas y son distribuidas para generar lucro. El que las semillas se encuentren patentadas, el que los campesinos que las utilizan deban periódicamente comprar nuevas y el que sea necesario en muchos casos comprar herbicidas específicos puede ser un esquema de negocios lapidario para los productores, aunque sea ciertamente muy beneficioso para las compañías dueñas de la tecnología.

Si es que el interés legítimo tras el ímpetu de aprobar los cultivos transgénicos en el Perú articula realmente una preocupación por los campesinos más pobres y por incrementar sus oportunidades, ¿por qué entonces otras medidas y políticas de desarrollo agrícola no reciben la misma atención de los científicos en general? ¿Por qué los científicos que salen ahora a reclamar no dijeron nada acerca del realmente pobre nivel gasto público en agricultura que tiene el Perú?

¿Cuáles son los ángulos que el Estado debería analizar para permitir (o no) el ingreso de los transgénicos a Perú? ¿Crees necesaria esta moratoria? Nuevamente, es esencial que el Ejecutivo haga propia la perspectiva de las organizaciones campesinas e indígenas que se han pronunciado sobre el tema. Los miembros de esas asociaciones y gremios serían los principales afectados si es que llegará a abrirse paso a los cultivos transgénicos. Su voz, por eso, carga particular importancia y debería encontrar eco en los múltiples poderes del Estado.

También es importante considerar, como ha dicho Eduardo Zegarra, que los cultivos transgénicos podrían poner en jaque la competitividad que ha ganado el Perú como exportador de materias primas y productos de alta gama. La gastronomía peruana ha aportado significativamente a que varios de estos productos sean valorados, y el éxito de nuestra cocina tanto a nivel local como en la escala transnacional depende, en buena medida, de la amplia despensa con la que cuenta el país. La admisión de cultivos transgénicos podría afectar esta ventaja comparativa, no tanto por posibles instancias de contaminación, sino más bien porque afectaría la reputación que el terroir andino y amazónico ha ido consolidando. En los nichos más exigentes de mercado trasnacional, los transgénicos no tienen lugar. Poder garantizar que los productos están completamente libres de ellos otorga valor agregado y en no pocos casos, incluso, es condición de posibilidad para poder siquiera ser parte de esos mercados.

El Estado debe seguir promoviendo la investigación en el tema y la comunidad científica debe aprovechar los años que propone la nueva moratoria para establecer lazos de colaboración con gremios y asociaciones campesinas y para exigir al gobierno apoyo en este sentido. Considerando todo lo dicho, ¿tiene sentido incurrir en los riesgos que implica abrir el país al ingreso de cultivos transgénicos? Me parece que no. No están dadas las condiciones estructurales e institucionales para que sea posible controlar los riesgos.

Etiquetas: transgénicos, moratoria, cultura, desigualdad, dinámicas culturales, nino bariola, sociólogo, entrevista

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