La periodista y motoviajera española, primera mujer de habla hispana en dar la vuelta al mundo, saboreó su paso por Lima tras conectar el Pacífico con la Amazonía brasileña en moto.
Tenía 37 años cuando salió a dar la vuelta al mundo en moto, y fue la primera mujer de este siglo en lograrlo. Pero no es la única hazaña que ha realizado la motoviajera española Alicia Sornosa. Hace unas semanas, a bordo de su Ducati Scrambler, conectó la costa peruana con la Amazonía brasileña, un periplo desde Lima a Manaos en moto: más de 7.000 kilómetros manejando durante 40 días a través de carreteras como la Interoceánica y la BR319, desafiante por ser una vía de más de 400 km sin asfaltar. ¿A qué le supo esta ruta? Gastronómicamente, a cultura y tradición culinaria, a mujeres que alimentan y a comer lo que cada región produce. Deportivamente, un sabor a éxito porque se trata de una ruta dura, agotadora, exigente para la moto y para ella. Hablamos con ella sobre ese alimento que nos mueve a actuar: como buena madrileña, la comida; como motorista, la adrenalina que genera una nueva aventura.
Alicia Sornosa. Tras recorrer la carretera BR317, que la aleja del Perú, la motoviajera española tomó rumbo a la Amazonía brasileña donde la esperó la desafiante BR319, una carretera sin asfaltar.
Hace 15 años decides dar la vuelta al mundo en moto. ¿Cómo empezó todo?
Todo empezó porque yo seguía por Facebook a un español que estaba haciendo una vuelta al mundo, Fabián C. Barrio. Era 2011, y en un curso que estaba haciendo con la moto me dijeron que no había ninguna española que haya dado la vuelta al mundo en moto.
La primera mujer fue una francesa.
Una francesa (Anne-France Dautheville) lo hizo en 1973, cuando yo estaba naciendo, ¡qué valiente! Y hay una inglesa (Elspeth Beard) que también lo hizo en los años 80. Pero ya estábamos en 2011 y nadie se había vuelto a animar, ninguna mujer. Y menos una española, entonces para mí eso fue un reto.
¿A qué edad te subiste a tu primera moto?
Mi padre es piloto de automovilismo; ha sido campeón de España.Yo me he criado en los circuitos, con los coches, pero no con las motos. Pero el mundo del motor ha sido algo normal para mí.
Y la velocidad…
Sí, pero yo cuando viajo, viajo muy despacito. No es una moto de correr, es de pasear. Y esto vino porque yo me compré una moto para entrar en la ciudad y moverme, porque vivía fuera de Madrid. Hice un viaje dentro de España, a Andorra, y me gustó tanto lo de viajar en moto porque me di cuenta de una cosa: es el vehículo más permeable que hay para viajar. Tú en un coche vas con tu aire acondicionado, tu temperatura ideal, le pones una cosita para que huela fresa, pones tu música y nadie te molesta, llegas a un sitio, aparcas, nadie te mira. En la moto vas notando el frío, el calor, la humedad, el polvo, si el camino está malo. Llegas a un sitio y llamas la atención de la gente, se te acercan y simplemente con levantarte la visera ya estás hablando con las personas. Me pareció muy interesante eso porque enseguida sociabilizas.
Interesante: siendo periodista, usas la moto como un elemento para comunicar.
Eso me pareció increíble, porque enseguida te preguntan, ¿cuánto corre? Y ya puedes tú contestar y empezar a hablar: ¿Y aquí dónde se come bien? ¿Dónde puedo ir a dormir? Además, me quitaba el casco, y ¡oh, una mujer!
¿Qué edad tenías en tu primer viaje?
Tenía 32, y luego en la vuelta al mundo, 37. Me compré una moto más grande y me lo tomé como un reto, además porque todo el mundo me decía “tú con lo pequeña que eres y con esa moto tan grande no vas a poder, te va a pasar de todo”. ¿Y por qué a mí me tiene que pasar de todo y a los hombres no? Y ahí dije, me voy. En esa época, 2011, España pasaba una crisis muy grande económica, y yo como periodista freelance tenía muy poco trabajo. También fue una vía de escape en la que pensé, si consigo hacer esto tendré más cosas que contar, más bagaje, más herramientas y seré alguien mejor que cuando me fui.
¿Y cómo se da esa preparación del viaje? Es decir, física, mental y nutricionalmente también.
Me preparé físicamente, sobre todo, estuve entrenando durante tres meses, corriendo para estar más fuerte porque la moto era muy pesada, unos 340 a 360 kilos con todo el equipaje. Sobre la alimentación, yo me alimento muy bien, comida mediterránea, mucha verdura, pescados. Como los peruanos, los españoles comemos muy bien y variado, y cuando sales empiezas a echar en falta tantas cosas. Yo salí directamente hacia África, donde la escasez de alimentos es muy grande, pero además me di cuenta de una cosa: la cantidad de comida. Nosotros comemos mucho, y en África, en los países por los que yo pasaba, las raciones eran muchísimo más pequeñas y yo tenía un desgaste físico muy grande. Pasé hambre en muchos sitios. Tengo anécdotas con la comida porque es una de las cosas que a mí más me gusta de los viajes. Siempre me fijo en la gastronomía que tiene cada país, creo que es parte de la cultura y que es importante saberlo. A través de la cocina, de la comida, me di cuenta cómo es la cultura de los sitios, qué carencias tienen, cuáles son sus necesidades y cómo se las apaña el ser humano para sobrevivir con poquitos alimentos.
Alicia Sornosa. A punto de salir de Madre de Dios rumbo a la Amazonía brasileña.
Hay una paradoja respecto al avance de las vías de comunicación y la conexión de los pueblos. ¿Cuál es el impacto que viste al recorrer la carretera amazónica? ¿El avance del asfalto siempre trae desarrollo?
Eso es toda una contradicción muchas veces. Para mí que no haya una carretera asfaltada es maravilloso, porque es una vía de aventura donde yo voy a llegar a unos sitios donde la gente está más aislada y donde voy a encontrar cosas “más auténticas”. Pero la gente que vive en esas comunidades no tiene vías rápidas para evacuar a un enfermo, para que lleguen alimentos o material de cualquier tipo. Por otro lado, piensas en la naturaleza. Esta carretera, cuando la asfalten, hará que retrocedan un poco los bordes de la Amazonía. Es que por donde he pasado, he estado días viendo todo en blanco y negro, en color sepia, en el color de la tierra, porque del transporte de los vehículos soltaban tanto polvo que tapaban por completo lo que teníamos alrededor, y por el ruido que hacían esos camiones, no creo que hubiera muchos animales viviendo cerca. Y, sin embargo, desde Puerto Maldonado a Iñapari, en la frontera con Brasil donde pasa la Interoceánica, la gente de ahí nos contaba que han estado durante ciento y pico años esperando a que hubiera una carretera, que era complicada la vida allí y que tenían casi más relación con Brasil que con Perú. En el momento en que asfaltaron esa carretera, aunque ellos tuvieron que renunciar a parte de sus tierras, fue bueno para ellos porque tuvieron mejor comunicación con el resto de Perú y ellos mismos han sido los guardianes que cuidan que esas partes de selva sigan intactas.
Es proteger también su identidad. En el caso de los peruanos tenemos cosas que construyen nuestra identidad, una es nuestra historia, el pasado milenario, pero también nuestra gastronomía.
La increíble gastronomía peruana, diría yo, porque para mí es el país más importante gastronómicamente. Me rindo a los pies de Perú, que para mí es top poder comer aquí, seguido de mi país, que es una cocina mediterránea con muchas influencias, también muy buena, y luego nos puede seguir Japón, Tailandia, por cómo tratan el alimento y cómo manejan la materia prima.
¿Cómo has visto el tema del alimento a lo largo de la ruta?
Aquí en Perú se come muy parecido a España: las raciones son generosas, siempre tiene que sobrar comida. Tenéis un clima y un país que permite, aunque haya un desierto, que esto suceda, y hay un crisol de gastronomías, de influencias, tanto criolla, francesa, española, inca y culturas antiguas mezcladas con todos los que llegaron después, como china, japonesa. Es el país más rico gastronómicamente y más parecido al mío, a España, y tenemos esos lazos culturales tan importantes en la gastronomía. Me encanta la comida peruana, uno de mis platos favoritos es el lomo saltado, que me lo cocino yo y lo hago en España muchas veces.
¿Dónde lo aprendiste a hacer?
Aquí, la primera vez que vine. Me gustó tanto que tengo un libro de recetas peruanas. Soy una persona que me encanta comer. Voy pensando en qué voy a probar, qué es lo típico, cómo se cocina. En Brasil estuve en un sitio como a 300 kms de Humaitá, era una aldeita que está en el borde de un río. En la casa de comidas de allí había cuatro mujeres encantadoras que nos dejaron meternos en la cocina y tenían cinco peroles con guisos. Quien tiene un poco más de dinero o llega a tener animales, hace guisos muy ricos, con calabaza, y con mucha grasa; una comida bastante básica, de supervivencia, de tener energía para salir al campo.
Y también energía para manejar tu moto en la ruta.
Sí, pero fíjate que la forma de alimentarme cuando estoy viajando varía totalmente a cuando estoy en casa. Cuando estoy viajando lo que hago es tomar un muy buen desayuno, muy potente, si me tengo que comer un guiso me lo como. No almuerzo; me detengo un ratito, como unos frutos secos o una fruta que pueda comprar cerca, y luego ceno muy temprano, a las 6 o 7, cuando llego a los sitios. Y vuelvo a cenar algo potente.
Eso es porque todo motero tiene que aprovechar el día para avanzar, ¿no?
Sí, porque te entra sueño si comes mucho, y si comes mucho también tardas mucho tiempo, no te puedes engullir todo en media hora, y hay que aprovechar la luz del día.
Alicia Sornosa. Aquí junto a Marcia Susaeta. El Perú ha sido uno de los países donde más lento se ha movido por detenerse a comer.
¿Alguna vez te ocurrió que has decidido quedarte en un sitio, un día más, por la buena comida?
Sí, aquí en Perú me quedé cuando hice la vuelta al mundo que bajaba por la Panamericana. Perú creo que fue de los países que más lenta anduve. Por ejemplo, el arroz blanco es una cosa que me parece una sosez, pero aquí… ¿qué arroz es este que sabe tan bien?, ¿cómo lo hacen? A cucharadas me lo podía comer. Me ha pasado también en Tailandia, y en Japón me hubiera quedado, si no fuera un país tan caro, porque tienen la suerte de tener una tradición tremenda con la comida y solo utilizan comida de temporada. Estuve en Japón tres meses y no comí lo mismo la primera semana que la última, porque, aunque quisiera y pidiera eso, me decían que ya no lo tenía, que ese pescado ya no estaba.
Porque son respetuosos de la temporalidad del producto.
Pero vamos, al hilo, esto que hemos perdido, por lo menos en mi país se ha perdido mucho, con los invernaderos. Pero también es cuestión de cada uno poder recuperar esas tradiciones y saber qué alimentos son los más ricos en qué momentos, que tenemos de sobra para comer todo el año.
¿Qué es lo más difícil de estos viajes para ti: el tema de la comida o el buscar rutas sencillas en la carretera?
Para mí la comida es algo complicado. Como de todo, pero sí me molesta que si tengo mucha hambre tener que comer algo que no sea un alimento bueno o sano. Los pescados fritos los he tenido que comer, y no sabes en qué grasa, pero no me quedaba más remedio. Países en los que solo comes sánguches o empanadas, y llega el momento que necesito comer verdura. Me ha pasado en Brasil ahora, que era muy difícil comer verduras. Había una sopa de tacacá, hecha con camarones y unas hierbas [jambu] que te dejan la lengua dormida; tiene un caldo muy potente, que eso me encantaba. Creo que la he comido tres o cuatro veces, y me daba una energía tremenda, pero porque era lo único que tenía hojas verdes. En Kenia, la primera vez que estuve en 2011, hubo un día que tuve una ruta muy dura, con mucha tierra, avanzaba muy despacio, llevaba ya unos días de camino duro, comía poco, porque había poco para comer. Y llegué a un sitio donde daban de comer a unos trabajadores de una carretera; tenían un perol enorme con trozos de carne, patata y yuca, un guiso; yo lo vi, me pusieron el mismo plato que a todo el mundo, y me lo comí. Le dije al cocinero quiero más, y me dijeron no tengo más; te pago lo que sea, le dije. Y me dice: no te puedo poner más, porque ahora van a venir 20 trabajadores, y yo no te puedo dar la comida de otro. Aprendes la lección.
Has pasado desde zonas de pobreza extrema, donde el alimento escasea, a lugares donde tenemos esta práctica de comer mucho.
Sí, me ha pasado en Etiopía, un lugar curioso porque todos recordamos Etiopía, por lo menos en Europa, como el país donde la gente está muriéndose de hambre, los niños con las tripas hinchadas, pero Etiopía realmente es el granero de África. Pasan hambre cuando hay grandes sequías. Tienen muchos tipos de granos y una gastronomía bastante rica. La injera, por ejemplo, es una bandeja donde se pone un pan ácimo, con muchas legumbres, verduras y en el centro se pone carne: con el pan coges la comida y te la comes, me encanta. Cuando vas a países donde te ponen poco lo paso mal, pero al final siempre una se adapta. Y sobre la dureza de la ruta, que también me preguntabas por eso, es algo con lo que cuento y es algo que espero en estos viajes, porque si la ruta es fácil y sencilla, probablemente no me voy a encontrar con cosas tan increíbles como las que encuentras al final de un camino de tierra, o llegando a lugares donde están más aislados. Al final, la globalización lo acaba abarcando todo, y cuando hay una carretera, aunque la gente reserve esa parte tradicional, también desaparecen otras cosas como más básicas; porque si ya llegan las patatas hasta donde estoy yo, pues a lo mejor dejo de utilizar algo de mi cocina tradicional.
Hablamos del alimento del cuerpo. ¿Y el de la máquina, tu Ducati Scrambler?
La gasolina, es algo que a todo el mundo preocupa. Pero mi aprendizaje con la gasolina es que hasta en el lugar más alejado de la civilización hay gasolina, es más, yo me he quedado sin gasolina en Argentina, por ejemplo, y en tres o cuatro días no había combustible, aunque hubiera una gasolinera, y sin embargo, en medio de Brasil o en medio de África, he encontrado gasolina porque todo el mundo tiene un generador de luz o una máquina para sacar agua de un pozo y que funcionan con gasolina, entonces no es tan complicado como parece.
Alicia Sornosa. La Amazonía le regaló estas imágenes: el fruto del cacao, pocas veces visto fuera de su ecosistema.
Lo pintas todo muy bonito. ¿Cómo vences tus temores?
Dando un paso para adelante; el miedo es algo importante que debemos tener. El ser humano es mejor de lo que creemos. El 99% de las personas son buenas personas, no quieren hacerte daño, quieren ayudarte. Llevo viajando muchísimos años y no recuerdo haberme cruzado con… sí, me han pasado algunas cosas que las veía venir y entonces no me han pasado; la intuición es una cosa que se te activa cuando viajas sola. Y si algo no te gusta, no tienes que dar explicaciones, te vas.
Alicia Sornosa viaja en modo positivo. Cada vez que arranca su moto, reza a su manera: a su abuela (que murió tres meses antes de iniciar su vuelta al mundo) y a un amigo suyo, un gran motoviajero que falleció unos meses antes de este viaje por Perú y Brasil. Y así avanza segura. La experiencia de conectar el Pacífico con la Amazonía brasileña le permitió volver a comer sus platos favoritos del Perú y poner en su mapa personal la chincheta sobre Brasil, el país de Sudamérica que le faltaba, aunque la experiencia le demandóun gran esfuerzo físico. “Ha sido muy duro para la moto y para mí”, dice, porque hoy tiene 52 y el cuerpo no es el mismo que el de los treinta, cuando empezó. “Pero se suple la energía de la juventud por la sabiduría de la vejez”, dice, con esa seguridad de mujer viajera, como también lo son Marcia Susaeta y Mar Manicke, embajadora de Ducati en Perú, que por tramos la acompañaron en este reciente periplo.
A futuro, sus proyectos la mantienen en la ruta: organiza viajes en moto por España, Portugal y Marruecos. Quizá algún día lo haga por Perú. Le gusta llevar a otros a vivir lo que ella ha vivido, contagiarse del entusiasmo y la capacidad de asombro de los demás al ver las maravillas que ella ha visto antes. El barro sobre su Ducati Scrambler es testigo de sus aventuras motorizadas. Ella no quiere que laven su moto. La prefiere así, con las marcas que le recuerdan cada reto que viene cumpliendo.
Etiquetas: alicia sornosa, motociclista española, motoviajera, ducati, interoceánica, brasil, viajar en moto, gastronomía y cultura
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