XIMENA UGARTE: COCINAR PARA HACER FELIZ
Criada entre cebiches, postres y sobremesas eternas, ella convirtió el cariño familiar en una carrera gastronómica.
Criada entre cebiches, postres y sobremesas eternas, ella convirtió el cariño familiar en una carrera gastronómica.
Escribe Daniel Quintero (IG @danielquintero)
En la casa de Ximena Ugarte la comida era una excusa para reunirse: mientras los adultos ocupaban una mesa, los niños llenaban otra. Llegaban familiares desde Paita y otras ciudades del norte para pasar temporadas enteras bajo el mismo techo, y las sobremesas parecían eternas. Entre cebiches, postres recién horneados y el bullicio de una familia numerosa, la futura chef aprendió que cocinar era una forma de demostrar cariño.



La conversación comienza recordando los aromas a queques y las cremas volteadas que preparaba su abuela. También la fascinación familiar por los chifas, una afición que, años después, terminaría influyendo en su propia manera de cocinar. Sus mejores recuerdos de infancia ocurrían alrededor de una mesa.
Esa asociación entre afecto y cocina es la que termina guiando sus pasos: estudió gastronomía en el CordonTec y, apenas terminó, decidió marcharse sola a Santiago de Chile. Tenía 18 años cuando comenzó a trabajar en Tanta, de la Corporación Acurio. Lejos de casa descubrió la intensidad de las cocinas profesionales: el ritmo acelerado, la presión constante y la necesidad de responder en cada servicio.Pasó por fríos y por pastelería, pero los fogones la llamaban. Ahí era donde quería estar, insistió hasta conseguir una oportunidad y ya no volvió a salir de esa estación.
Luego de tres años Ximena regresó al Perú, trabajó en la procesadora de Punto Azul, donde volvió a conectar con los productos marinos, y más adelante se incorporó a Lima 27 junto a Carlos Testino. Allí descubrió un lenguaje culinario diferente, marcado por técnicas contemporáneas. Antes de llegar a La Capitana también exploró el emprendimiento. Desarrolló Maracu-Yeah!, un sorbete de maracuyá servido en su propia cáscara, concebido bajo criterios de sostenibilidad y reutilización, el proyecto despertó incluso el interés de grandes empresas. De igual forma, impulsó su barra cebichera durante la pandemia y participó en asesorías gastronómicas para hoteles boutique.
Hoy Ximena lidera la cocina de La Capitana. Allí ha encontrado un espacio para desarrollar una visión muy personal: una cocina que respeta la tradición peruana mientras dialoga con sabores y técnicas asiáticas. En su carta conviven cebiches, mariscos y pescados con guiños al universo nikkei y chifa. Más allá de los platos, ella tiene otra misión que considera igual de importante: abrir espacios para más mujeres dentro de las cocinas profesionales: actualmente trabaja junto a varias cocineras y procura que cada nueva oportunidad pueda convertirse en una puerta de entrada para quienes buscan desarrollarse en una profesión que todavía conserva muchos desequilibrios. El consejo que da a los cocineros es tener constancia, disciplina y amor por el oficio. Insiste en que el talento por sí solo no alcanza. Hay que ser rápido, preciso y perseverante, esas cualidades que la llevaron desde las mesas familiares llenas de primos a la que entiende la gastronomía como una herramienta para generar felicidad: “una buena comida puede cambiar el día de una persona y esa es la razón principal por la que cocino”, anota.

Words by Daniel Quintero (IG @danielquintero)
In Ximena Ugarte’s home, food was an excuse to come together. While the adults occupied one table, the children filled another. Relatives would arrive from Paita and other northern cities to spend entire seasons under the same roof, and the after-meal conversations seemed endless. Surrounded by ceviches, freshly baked desserts, and the lively energy of a large family, the future chef learned that cooking was a way of showing love.



Our conversation begins with memories of the aromas of sponge cakes and crema volteada prepared by her grandmother, as well as her family’s fascination with chifas—Peru’s Chinese-Peruvian restaurants. Years later, that passion would influence her own culinary style. Her happiest childhood memories all took place around a dining table.
That connection between affection and cooking ultimately guided her path. She studied gastronomy at CordonTec and, shortly after graduating, decided to move to Santiago, Chile, on her own. She was just 18 years old when she began working at Tanta, part of the Acurio restaurant group. Far from home, she discovered the intensity of professional kitchens: the fast pace, the constant pressure, and the need to perform during every service. She worked in both the cold kitchen and pastry sections, but the stoves kept calling her. That was where she wanted to be. She persisted until she earned an opportunity and never left that station again.
After three years, Ximena returned to Peru. She worked at Punto Azul’s processing facility, where she reconnected with seafood products, and later joined Lima 27 under chef Carlos Testino. There she discovered a different culinary language shaped by contemporary techniques. Before arriving at La Capitana, she also explored entrepreneurship. She developed Maracu-Yeah!, a passion fruit sorbet served in its own shell and conceived around sustainability and reuse. The project even attracted the attention of major companies. She also launched her own ceviche bar during the pandemic and participated in culinary consulting projects for boutique hotels.
Today, Ximena leads the kitchen at La Capitana. There she has found the perfect space to develop a highly personal vision: a cuisine that respects Peruvian tradition while engaging with Asian flavors and techniques. Her menu brings together ceviches, seafood, and fish dishes with influences from both Nikkei and Chifa traditions. Beyond the food itself, she embraces another mission she considers equally important: creating opportunities for more women in professional kitchens. She currently works alongside several female cooks and strives to ensure that every new opportunity can become a gateway for women seeking to build careers in a profession that still faces significant gender imbalances. The advice she gives young cooks is simple: consistency, discipline, and love for the craft. Talent alone, she insists, is never enough. One must be fast, precise, and persistent. Those are the qualities that carried her from crowded family tables filled with cousins to a career dedicated to understanding gastronomy as a tool for creating happiness.“A good meal can change a person’s day,” she says, “and that is the main reason why I cook.”
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