TIM ATKIN MASTER OF WINE EN LIMA: VINOS CON ALMA, DIGNIDAD Y SENTIDO PERUANO EN TIEMPOS DE CAMBIO
Soledad Marroquín entrevista a uno de los más importantes periodistas y críticos del mundo del vino.
Soledad Marroquín entrevista a uno de los más importantes periodistas y críticos del mundo del vino.
Escribe Soledad Marroquín M. (IG @sol_marroquin)
En un contexto global marcado por la caída del consumo y una profunda transformación en la forma de relacionarnos con el vino, Tim Atkin —Master of Wine, periodista y uno de los críticos más influyentes del mundo— visitó Lima para catar vinos peruanos y reflexionar sobre el presente de la industria. Más allá de puntajes y tendencias, Atkin habló desde un lugar profundamente humano: el valor del origen, la cultura, la honestidad y el alma del vino.
El vino incluye pueblos, personas, terruños, historias y relatos, y se debe hablar de eso. Hablar solo de marcas, sabores y precios interesa cada vez menos. No soy joven y las generaciones jóvenes tienen valores distintos a los míos: les importa más la estabilidad y no les cuesta pagar un poco más por algo que tiene alma. Creo que vamos a producir menos y mejor, más enfocado en el lugar, en el origen, como el movimiento biológico. No estoy seguro de que funcione del todo, pero puede ser parte de la solución. Se beberá menos. El problema es que el mundo del vino sobreproduce vinos sin alma. Muchas personas no pueden gastar lo que cuesta un Romanée-Conti, pero sí podrían pagar un poco más por un vino mejor. Hay que convencerlas de por qué pagar US$ 10 y no siete para beber algo más interesante.
Sí, hay posibilidades. Y sería fantástico tener el primer Master of Wine peruano. En Sudamérica solo hay cuatro MW. ¿Y cuántos millones de personas hay en Sudamérica?
Los MW hacemos un poco de todo. Hay enólogos, prescriptores como yo, sommeliers, personas muy fuertes en marketing y ventas. Siempre hay sitio. El título te permite destacar, porque es un examen muy difícil. Quien lo aprueba tiene un cierto nivel de conocimiento. Creo que siempre hay futuro, pero al final depende de ti y de qué quieras hacer con la calificación.
Aprobar el examen. Yo lo logré a la primera… y es que a mí me gustan los exámenes, soy raro (risas). En ese momento era periodista —lo sigo siendo— y escribía una columna. Me enviaban muchas muestras de vino. Mi vecino venía todas las mañanas, elegía seis botellas y yo las cataba a ciegas. Fue una gran suerte. Para alguien que vive en Perú, el MW es mucho más difícil. Tener vinos de Nueva Zelanda, un Albariño de Rías Baixas, de Uruguay, un Sangiovese de Toscana y otro de Argentina para comparar, es muy complicado. Para mí, lo más difícil fue la parte científica. No soy científico. Fui incluso a una línea de embotellado para entender cuándo se usa nitrógeno y CO₂. Escuché una hora entera para aprobar el examen (risas). Estudié letras, idiomas e historia. El sistema educativo inglés era así; ahora ha cambiado un poco.
No sé si me escuchan o no. Tengo mi público. Hago cosas que antes no hacía: Instagram, lives, podcasts. Es un intento de conectar con nuevas generaciones y más gente. Pero no pienso demasiado en eso. Pienso en expresar mi filosofía de vida y mi visión del mundo del vino. Si alguien quiere escucharme, bien. Y si no, puedo retirarme. No tengo hipoteca, ya está pagada. Tengo una casa en España.
Depende del enólogo. Intento ser honesto. Si un vino no me gusta, no diré que me gusta. Y si me gusta, lo digo. Alguien puede decir: “es un mentiroso, dijo que le encantó mi vino y puso 84 puntos”. Lo mejor es tratar a todos igual. El dinero no me influye. Me interesa mucho más una persona con cultura, sinceridad, corazón y alma que alguien con mucho dinero que quiere impresionarme.
Hay que preguntárselo a ellos. Yo aprendí muchísimo haciendo el MW, como catador y como estudiante del mundo del vino. Tengo una visión bastante global. Hay críticos muy buenos que no han hecho el MW, pero aprenden escuchando, viajando y catando. Y también hay personas con títulos que no catan bien. En mi opinión, es mejor no criticar a otros. También hay quienes dicen que yo no cato bien porque no están de acuerdo con mis puntajes. Si pones 100 puntos, eres el mejor; si pones 80, no sabes nada. La verdad está en el medio. Hay días en los que cato muy bien y otros en los que cato menos bien.
Hago lo que puedo: entrenar, dormir bien, no beber demasiado, beber agua, no comer en exceso. Hago deporte dos veces por semana o más.Tengo un entrenador por WhatsApp, es de Sudáfrica, más económico (risas).

Debe vincularse a la cultura y, sobre todo, a la gastronomía. La gastronomía peruana es de las mejores del mundo y el vino debería promocionarse junto a ella. Me gusta mucho la camiseta “Perú Hace Vino”. Ese es el primer paso: que la gente diga “¿Perú hace vino?”. Hablar de las variedades, especialmente las patrimoniales, y de la historia. Eso me interesa mucho.
Los mismos riesgos que en todo el mundo: Trump, el cambio climático, el bajo consumo, la competencia de países vecinos que bajarán precios para vaciar depósitos. Eso es un riesgo para Perú. Perú debe crear un mercado local interesado y apasionado por los vinos nacionales. Es un primer paso clave. Que sepan que aquí se hace buen vino, no solo vinos con azúcar añadido o residual. Hay que convencer a los peruanos de beber su propio vino.
Hoy he probado vinos de cuatro productores. Uno que me gusta mucho y una novedad desde Cusco: Viñedos del Inca. Y dos bodegas más grandes que han mejorado: menos roble, menos azúcar residual. A mí me muestran los vinos más interesantes, no los tetra ni los vinos a granel.
Hacer vinos con alma, dignidad y sentido peruano. Que reflejen el Perú: su historia, sus culturas, sus variedades, sus técnicas y sus personas. Hoy la gente busca vinos honestos y está dispuesta a pagar más por beber un buen vino.
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