LA FAMILIA HUAMÁN: DE ABUELAS COCINERAS EN LIMA A UNA TRILOGÍA GASTRONÓMICA EN BILBAO
Esta es la historia de la familia Huamán Lucas, creadores de Rocoto, Waman y Manya, tres conceptos con fuerte identidad nacional.
Esta es la historia de la familia Huamán Lucas, creadores de Rocoto, Waman y Manya, tres conceptos con fuerte identidad nacional.
Escribe Andrea Mejía (IG @andr.ea.mejia)
La comida puede evocar muchas cosas: familiaridad, sorpresa, nostalgia. En el caso de los Huamán Lucas, también cuenta una historia. La de tres generaciones que, desde distintos puntos de partida, fueron construyendo una trayectoria donde la gastronomía peruana no solo se preservó, sino que aprendió a dialogar con otras latitudes.
En esta familia, la cocina nunca fue solamente un gusto. Fue primero trabajo, luego supervivencia y, con los años, una forma de pertenecer a dos lugares al mismo tiempo. La comida funcionó como hilo conductor, pero también como estructura: organizó horarios, definió roles, creó redes, y permitió que una familia migrante construyera estabilidad sin perder del todo el sabor de origen.
La historia de la trilogía de restaurantes de la familia Huamán Lucas, en Bilbao —una región donde la gastronomía es parte del orgullo e identidad—, empezó un par de generaciones antes, en su origen: el Perú.
El punto de partida estuvo en cocinas de gran volumen. Dos abuelas cocineras. Una sostuvo un comedor popular. La otra preparó menú y envió comida a médicos de una posta en Canto Grande (al Este de Lima). Eran escenas comunes en muchos barrios de la capital peruana: cocinas donde la comida resolvía lo básico y, al mismo tiempo, creaba comunidad. Cocinar para muchos, rendir, organizar, repetir sin que perdiera sentido. De esa primera generación no se heredó solo sazón. Quedó instalada una idea simple y potente: cocinar era hacerse cargo.

A inicios de los 2000, Rosa Lucas decidió migrar a Bilbao ante una oferta de trabajo. El rubro de la hospitalidad no le era ajeno: había trabajado en la cadena Marriott International y conocía la lógica del servicio. Con el tiempo impulsó la reunificación familiar y se reencontró con sus hijos, Gabriel y Renzo, y con su esposo, Edson Huamán. Fue ahí cuando la familia entró —casi sin planearlo— al mundo gastronómico.
No partieron de cero. Traían una memoria culinaria heredada y una ética de trabajo propia de la hostelería. En migración, la gastronomía suele convertirse en un terreno posible por una razón concreta: combina algo que la familia sabe hacer con algo que el mercado siempre necesita: alimentar.
El primer paso fue una tienda: La Parada. Nació como minimarket, pero el barrio la fue moldeando. Sus primeros caseros —latinos y, sobre todo, peruanos— llegaban con pedidos específicos: ají amarillo, pisco, rocoto, choclo, Inca Kola. La tienda se volvió un punto de reunión sin proponérselo. El mostrador funcionó como radar para conocer a su público: ahí se aprendía qué se extrañaba, qué se buscaba, qué se compraba para no soltar costumbres.

De esa lectura nació el primer salto fuerte: abrir un restaurante peruano tradicional. Así apareció Rocoto. Un espacio pensado para una clientela que quería comida criolla reconocible, sin traducciones, sin giros innecesarios. Rocoto creció bajo una lógica típica de empresa familiar: al inicio con equipo reducido, roles múltiples y una operación sostenida por la casa completa. Cocina y sala se volvieron extensión de familia.
En ese escenario, Rocoto fue más que un restaurante: funcionó como un lugar donde la comunidad migrante reafirmaba pertenencia. Comer ahí no era solo “salir a comer”. Era encontrarse con sabores que, por un momento, hacían volver a casa.
Entre hornillas, servicios ajetreados y ese ritmo constante de restaurante, Gabriel, el hijo mayor de la familia Huamán Lucas, se fue formando. Hoy tiene 33 años y estudió en la Escuela de Hostelería de Artxanda. La elección de carrera fue casi instintiva: creció rodeado del negocio de sus padres y quiso convertirlo en línea de vida, pero con herramientas propias.
Luego vinieron las pasantías y el roce con otra cocina: más técnica, más estética, más pendiente del detalle. Se formó en cocinas con estrella Michelin, incluyendo Azurmendi, de Eneko Atxa. En ese tránsito apareció una pregunta que suele marcar a muchos cocineros migrantes: ¿cómo hacer alta cocina sin abandonar el origen? ¿Cómo construir propuesta desde una identidad que ya está mezclada? En el caso de Gabriel, la pregunta se volvió práctica: ¿era posible trabajar con insumos peruanos y vascos sin que uno fuera “decoración” del otro?
De ese impulso —experimentar, crear, probar— se armó un menú que dio lugar a Waman: un fine dining que combinó códigos de cocina peruana con producto y sensibilidad vasca. El proyecto creció en paralelo con Rocoto, y entre ambos se armó una dinámica generacional clara: mientras el restaurante de los padres sostuvo la tradición y la cotidianeidad del sabor, el del hijo negoció con otros públicos, otros estándares y otras expectativas.
En 2023, Waman entró a la Guía Michelin, un hito que consolidó su visibilidad y confirmó que la propuesta ya dialogaba con públicos más especializados.
En ese punto entró Renzo, el menor de los Huamán Lucas, en otro momento del negocio. También creció entre cocina y servicio, pero decidió ampliar su recorrido: estudió gastronomía y, antes de instalarse de lleno en la empresa familiar, hizo pasantías en restaurantes del Perú. Ese viaje fue clave: no solo sumó técnica, también reubicó el origen. Volver al negocio familiar ya no era “continuar”; era repotenciar. Hacia finales de 2025, tras pasar por cocinas como Central, Kjolle, Mil, Maido y Mérito, se reincorporó al proyecto familiar. Hoy trabaja junto a su hermano y a un equipo que suma perfiles específicos, como el sommelier Guillermo Díaz y la food designer Laura Salcedo, afinando no solo la cocina, sino la experiencia completa. En esa misma línea, el equipo viene desarrollando un nuevo menú, previsto para presentarse este mes de febrero.

Recientemente, además, se inauguró el tercer y más nuevo local: Manya. Un restaurante enfocado en fast food peruano, comida de a pie y piqueos criollos, con un tono más “taypá” y de barrio. Una tercera pata que completó la trilogía de los Huamán en Bilbao y amplió el rango: de lo tradicional a la propuesta, y de ahí a lo cotidiano y directo.
En conjunto, la trilogía Huamán muestra algo que se ve cada vez más en proyectos gastronómicos migrantes: la cocina funciona como memoria, pero también como herramienta de movilidad y de diálogo cultural. Las abuelas cocinaron para sostener a otros; los padres cocinaron para sostenerse en la migración; los hijos cocinan para proponer, especializar y diseñar una experiencia que conversa con el territorio donde viven. En Rocoto, la cocina peruana se sostuvo como refugio; en Waman se volvió lenguaje contemporáneo; y en Manya regresó a la calle, a lo compartible. Tres formatos distintos, una misma idea de fondo: seguir siendo peruanos en la mesa, sin dejar de cambiar.

Jimena Agois visitó a Alejandro Vigil en sus terruños mendocinos, ahí donde crea, de dónde salen las grandes ideas de ese inventor argentino imparable.
Leer másPara cuando Papá Noel se quede sin ideas, aquí les dejamos opciones de regalos gastronómicos hechos en Perú y por creativos y manos peruanas.
Leer másFilo regresa a Punta Hermosa con comida, cócteles, juegos, DJs y artistas nacionales e internacionales.
Leer más