Llegó a las montañas de Utah, alquiló la habitación de un sótano y se puso a hornear dulces. Hoy, la repostera peruana maneja un exitoso formato de negocio.
Llegó a las montañas de Utah, alquiló la habitación de un sótano y se puso a hornear dulces. Hoy, Andrea Cevallos maneja Bakin’ Gods, un e-commerce que lleva el dulzor peruano a todas las ciudades de Estados Unidos.
Andrea Cevallos llegó a Estados Unidos para procesar una tragedia personal y hoy, afirma, es la principal vendedora peruana de postres en línea en el país norteamericano. Desde un sótano, pero con una comunidad fiel de seguidores en Instagram, ya ha realizado envíos a todos los estados desde Utah. Andrea es una mujer que sabe que además de su talento, el ensayo-error es una de las mejores maneras de salir adelante. “No vendo postres, vendo nostalgia”, nos dice. Encontró la frase que lo explica todo. No es de hablar de recetas ni de técnicas de pastelería. Habla de gente que abre una caja en Nueva York o en California, prueba una cucharada y se queda un segundo en silencio. “Sabe igual que como en Perú”, le escriben después los clientes satisfechos.
La nostalgia es el centro de su negocio, que se realiza de manera virtual entre una comunidad conformada por casi 50 mil seguidores en Instagram y 15 mil en TikTok. Al comienzo recibía pedidos vía una página web de peruanos residentes en Park City, la ciudad del estado de Utah en el que vive. En 2025 completó lo impensable: logró envíos a los 50 estados del país norteamericano.
NOS CAEMOS, NOS LEVANTAMOS
Bakin´Gods. Primero retomó los cursos. Luego, tomó pedidos aislados de peruanos que vivían cerca a ella. “Oye, ¿me puedes hacer una torta?”, le pedían por redes sociales. “Dios mío, ya, ok”, respondía. Sin carta, sin sistema, según confiesa ella, sin demasiada convicción.
Andrea volvió a empezar, en 2021, cuando decidió dejar Lima y mudarse a un lugar donde no tenía casa ni una cocina que ella había construido. Se instaló en un sótano en Utah. No entraba la luz natural y estaba decorado con sábanas de flores que parecían de otra época. “Era deprimente, pero al final… ¿qué hacía?”, confiesa. La decisión de moverse no fue solo geográfica, fue también una forma de romper algo que se había detenido. Un año antes su padre murió y con eso, sin que Andrea lo notara del todo, se quebró su relación con la cocina. “No me di cuenta en ese momento, pero ahora, en perspectiva, lo veo: ya no quería hacer nada de negocios (con la repostería)”.
Hasta antes de mudarse su historia parecía encaminada: estudios en Le Cordon Bleu, un emprendimiento propio en Lima, pedidos constantes. Su padre era una pieza clave. “Él me impulsaba. Me decía: cómprate esto, yo te presto, luego me lo pagas. Él me enseñó a invertir”. Cuando él faltó, lo que quedó no fue solo tristeza, también iban desapareciendo las ganas de seguir horneando. La cocina, casi nueva, nunca fue lo más importante.
Entonces, la pandemia terminó de congelar todo.
Andrea hizo lo que pudo en línea: clases, contenido, recetas. Ya tenía una comunidad desde 2014 y la sostuvo. Pero algo no encajaba. “Dije: quiero hacer algo que sea cualquier cosa menos cocinar”. Y se fue a las montañas del invierno. Lo irónico es que en Utah, la cocina volvió como vuelven algunas cosas: sin avisar. Primero retomó los cursos. Luego, tomó pedidos aislados de peruanos que vivían cerca a ella. “Oye, ¿me puedes hacer una torta?”, le pedían por redes sociales. “Dios mío, ya, ok”, respondía. Sin carta, sin sistema, según confiesa ella, sin demasiada convicción.
LA CLAVE DE ESTAR A LA ALTURA DE LA SITUACIÓN
Bakin´Gods. La técnica que Andrea dominaba en Lima no funcionaba igual en la montaña. Había que volver a aprender. Ese fue el quiebre: aceptar que no basta con saber. Que había que volver a leer, ver videos, estudiar… desde cero.
La geografía no ayudaba. La altura cambia todo. En el Perú y en Estados Unidos. “Los queques no me salían. Quedaban pasmados, fatales”. El agua hierve a menos grados mientras más arriba estás. La técnica que Andrea dominaba en Lima no funcionaba igual en la montaña. Había que volver a aprender. Ese fue el quiebre: aceptar que no basta con saber. Que había que volver a leer, ver videos, estudiar… desde cero. La respuesta no fue inmediata, pero sí concreta: practicar, ajustar. Entender que la pastelería también es física, no solo una receta. Más líquido, menos azúcar, más estructura. Repetir hasta que funcione. Andrea cuenta que se concentró en eso mientras que el negocio seguía siendo mínimo. Tomaba solamente uno o dos pedidos al mes. Nada que sostuviera una idea de empresa.
Hasta que probó algo distinto: vender porciones. “La gente que yo conocía en Park City vivía sola. Hacer torta entera no funciona”. La lógica era simple. Hacía una, la dividía, y ofrecía variedad. No fue un boom. “Igual se me quedaban algunas”. Intentó con un par de ideas más que no funcionaron. Pero la maquinita ya había empezado a moverse de nuevo. En una película lo llaman “punto de giro”. Se trata de ese momento en el que pasa algo, una situación, que hace que la historia de la protagonista cambie y avance en su propósito de cumplir su meta. Fue en un cumpleaños. Le pidieron una torta de chocolate con manjar blanco que aparentemente nadie encontraba en ningún lado. Ella la hizo. Cuando recuerda, rememora solo haber decidido hornearla, sin saber cómo. “Dije: la hago yo y punto”, cuenta orgullosa. En redes sociales la comunidad dio su veredicto. “Oye, qué rico, sabe como en Perú”, se leía en los comentarios.
La frase se repetía, porque lo que Andrea estaba tocando no era solo el gusto, sino otra cosa. Algo que ella misma nombraría después: la nostalgia. “Hay gente que no sale de este país hace muchos años. Y yo le doy la oportunidad de reencontrarse con su país con un postre”.
ANDREA: HORNEANDO POSTRES CELESTIALES
Bakin’ Gods. Desde turrones de Doña Pepa hasta tortas de manjar, Andrea dispara los sabores más nostálgicos del Perú.
Bakin’ Gods —curioso juego de palabras en inglés en el que Bakin’ Goods (productos horneados) se transforma en Bakin’ Gods, lo que le da un tono celestial— se convierte en un e-commerce que envía postres a todo Estados Unidos. Nueva York, Florida, California. Incluso Hawái y Puerto Rico. El salto no fue limpio. “Tuve que devolver plata. No había un negocio igual al mío para copiar”, cuenta. La solución fue técnica: los frascos o jars viajan en cajas aisladas, se mandan productos congelados con tiempos de envío calculados. Producir en bloque, tener días fijos de entrega, ganar horas. Entender que un queque con alto contenido de grasa resiste mejor el viaje. Todo costó trabajó pero se logró.
Aún así, lo que sostiene el modelo de negocio no es la logística. Es la conexión. Su público —en un 90% peruano— no compra solo por el sabor de los potes de pie de limón, choco-quinua o pisco con algarrobina. Compra por reconocimiento. Paga por el sabor de la lúcuma, del maracuyá, del manjar blanco. Referencias que no siempre están disponibles, pero que en Utah sobreviven gracias a una comunidad migrante que también construyó su propio sistema de tiendas, distribuidores y restaurantes. “Si no encuentro lúcuma en un lado, la encuentro en otro”, sostiene Andrea. Para ella ya no hay barreras.
La escena final de esta historia comienza con Andrea de niña, en casa de su abuela. Bombones, tortas, arroz con leche. La cocina. “Su forma de dar amor era mediante la comida. Yo aprendí eso”. No es un recuerdo puntual, es su esencia. Heredada de la nonna. Por eso, cuando habla de su negocio, no lo define así. Habla de “conectar”. De “reconectar”. De dar algo que no es solo un producto. Hoy, desde una cocina que ya no es un sótano, Andrea arma pedidos que unen a una gran comunidad peruana. El siguiente paso, que no tiene que ser inmediato, precisa, es llegar al público estadounidense.
Pero ellos pueden esperar. Por ahora, una frase lo llena todo. “Como en Perú”. Andrea, desde Utah, recalca: “Para mí lo más importante es conectar”. Y en ese verbo —conectar— está, probablemente, el éxito de su negocio.
Etiquetas: andrea cevallos, entrevista, repostera, torta de chocolate, bakin´ gods, peruanos en estados unidos
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