ICA, OCUCAJE, SAMACA

Esta vez nos fuimos a descubrir las bondades de Ica con el proyecto Mater Iniciativa. Comprobamos, nuevamente, que afuera hay más.

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Escribe Virgilio Martínez para Mater Iniciativa / Twitter: @materiniciativa / Fotos Mater Iniciativa

Muy temprano, para evitar el tráfico de mañana, enrumbamos hacia el sur tomando la carretera que nos suele conducir a la playa en domingos familiares. El reloj digital del auto pestañeaba las 6:09 cuando estábamos trepados todos en este vehículo que distaba mucho de la 4×4 recomendada. Esta vez nos vamos a Ica.

Una primera parada por ahí por el km 210 nos colocó en las amplias tierras de una familia que un día decidió adaptar olivos a suelos peruanos. Cuántas variedades encuentran en este espacio las posibilidades de crecer sin ayuda química, sin más agregados que los que aceptan las bien merecidas múltiples certificaciones. Olivos orgánicos de picual, bernaesa, arberquina y frantoio producen inmensas cantidades de los frutos más sabrosos. Hemos paseado por la planta de procesamiento como niños en un parque, guiados por un ingeniero que transmite en su sonrisa sabiduría y cariño respecto a la elaboración de un aceite que claramente  les enorgullece en calidad.

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Ica es tierra bendita: ahí crece de todo.

Con esa misma alegría nos despedimos y continuamos con el plan del día. La ciudad de Ica parecía lejana, sobretodo cuando el pan con aceitunas del camino va desapareciendo como un recuerdo, y el tráfico chinchano nos recibe con sol intenso y luz muy brillante. Ica tiene un contraste casi ingenioso. Es un desierto atravesado por un río que origina valles agrícolas increíbles. Un paso por Ocucaje nos dirige a los campos de Marco Cabrera, quien después de guiarnos en su propio auto directo a sus tierras, nos recibe con un cálido apretón de manos, mientras se acomoda  un sombrero de ala ancha absolutamente necesario. Su familia recibió estas tierras hace varios años. Y las trabajó al milímetro aprovechando las bondades del suelo propicio para especies endémicas. Él es ingeniero agrónomo con una visión clara de lo que espera conseguir a corto y largo plazo.

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El desierto produce. El contraste entre arena, cielo y vegetación es impactante.

Aquí crecen pallares, garbanzos, frijoles, y otras leguminosas. Frutales como el mango, la papaya, el pacae, palta,  y unas cerezas silvestres de sabor dulce, y un pigmento fucsia impactante. Maíz amarillo y maíz morado, yucas, camotes, todos comparten hábitat. Marco sabe del potencial de estas tierras y está desarrollando nuevos planes de negocio que incluyen aprovechar uvas para producción artesanal de pisco. Tuvimos la suerte de conocer, además, a sus tíos Don Ricardo Cabrera Ormeño y a Don Héctor Cabrera, que nos contaron algunas historias de antes, con cierta nostalgia, mientras jalaban ramas del cerezo para picar algunos frutos maduros. Admitimos que sentimos ganas de quedarnos allí mismo y seguir escuchando sus interesantes anécdotas, pero había un cronograma por respetar, y mucho por ver todavía. Así que continuamos el camino con una larga despedida , una botella de pisco de regalo para sorprender al equipo a nuestro regreso a Lima, y las frutas cosechadas en conjunto.

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Pallares iqueños.

Un largo y accidentado trayecto nos condujo al siguiente destino. El desierto iqueño genera grietas por zonas, de arena fina y piedra blanquecina, o capas de sal de mar. Es curioso encontrar restos marinos como conchas que parecieran fosilizadas. Por cerca de dos horas anduvimos zigzagueando para evitar caer en huecos y piedras, y alcanzamos un valle que parecía imaginario. En Samaca todo es verde y diverso. Todo crece orgánico, y existe en el ambiente de trabajo una filosofía de bienestar común, de compartir y de salud y respeto. Nuestros guías son amables locales o gente que vino de los andes a trabajar en lo que más conocen, en la tierra. Esa tarde ya casi oscurecía pero los ánimos de Josué Valque y del Sr. Jesús nos dirigieron hacia las denominadas “pozas”, que era como se referían a espacios delimitados en que sembraban especies determinadas. Pallares de distintas variedades captaron nuestra mayor atención. Y nos recuerdan el valor de nuestra cultura en domesticar especies y diversificarlas. Casi era de noche y tuvimos que retornar no sin antes ser sorprendidos por un dueto que improvisó música en vivo y poesía, para relajarnos un poco del correteo del día.

Mazorca de maíz.

Mazorca de maíz.

“En este campo crece de todo”, nos comentan emocionados los dos guías de la mañana siguiente. Y así para ponerlo en evidencia fueron señalando una a una especies diferentes: aguaymanto, tomatillos silvestres, dátiles, algodón, capulí, uvas, cítricos, frejoles, maíces blanco y morados,  y también árboles como faique, huarango, chilco, entre otros. Vimos arbustos de coca, y cómo producen jarabe de huarango y procesan aceitunas en vinagre y sal. También deshidratan cebollas y  tomatillos de temporada, e incluso producen una miel de abeja exquisita. La generosidad en conocimiento de quienes nos muestran el campo se compara a la de una mesa que siempre cuenta con un molde de queso local, panes artesanales recién horneados, miel para untar y aceitunas para acompañar. Pensamos en el lujo como una interpretación y una sensación. Y nos sentimos en la mesa más lujosa, desayunando estas delicias en el ambiente más invitador con la compañía de apasionados trabajadores.

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En pleno recorrido por los campos de Samaca.

Nuestro camino de retorno nos sirvió para ver los últimos huarangos que bordean tramos de la carretera y cielos azules como los que no se ven a diario en Lima. Cargados de pisco, frutas, ramitas de huarango, maíces morados en pancas y aromáticas y la motivación de habernos nutrido de información, y de haber reunido fuerzas con tanta buena energía en cada uno de los personajes con quienes tuvimos la suerte de compartir. (Crónica elaborada dentro del proyecto Mater Iniciativa, Afuera Hay Más www.materiniciativa.com)

Etiquetas: matee iniciativa, afuera hay más, virgilio martínez, ica, ocucaje

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