AKSHU TATAY, LA FIESTA PARA QUE CREZCA LA PAPA EN SAPALLANGA, JUNÍN
Cuando la papa crece y el cariño desborda llega el akshu tatay, el recultivo, el segundo aporque y trae fiesta a Sapallanga.
Cuando la papa crece y el cariño desborda llega el akshu tatay, el recultivo, el segundo aporque y trae fiesta a Sapallanga.
Texto y fotos Sonaly Tuesta (IG @sonalytuesta)
En febrero, en Sapallanga, Junín, se realiza el akshu tatay, el segundo aporque de la papa. No es el inicio del cultivo, sino un momento clave del crecimiento. La planta ya está floreando y han empezado a aparecer otros productos: el maíz, las arvejas, las habas. Es tiempo de volver a entrar al campo.
El akshu tatay se hace para que la papa crezca mejor. Al reaporcar, los tubérculos se desarrollan con más fuerza: quedan cubiertos, protegidos del sol y del aire, evitando que se pongan verdes y amargos. Así la producción es óptima. Es una convicción aprendida y sostenida en la práctica. La papa escucha, siente, responde. La faena empieza temprano. Primero ingresan los muchachos a remover, luego las señoras reaporcan, arrimando con cuidado la tierra al pie de la planta. Se afirma el tallo, se protege la raíz. Cada gesto tiene una función precisa. “Tierra, no te enojes, estamos entrando”, cantan. Es una forma de pedir permiso, de anunciar la presencia humana en un espacio que también tiene vida. El akshu tatay es compañía. Así como se fortalece el tallo, la gente se sostiene entre sí.
Mientras se trabaja, se baila. El akshu tatay no es un baile arbitrario: nace de la observación de la naturaleza. Uno de sus pasos imita el vaivén de los árboles cuando el aire los atraviesa. Así como el maicito se mece y las flores de la papa se balancean suavemente, como inclinando su cabecita bajo un sombrero invisible, los cuerpos repiten ese movimiento. Mueve, mueve, como se dice, dejando que el cuerpo copie lo que la chacra está creando. Otro paso es el pasito del cushco, el ave. Se imita su cortejo: los brazos se mueven como alas, los cuerpos se acercan y se retiran. Es un juego ritual, es una manera de acompañar el florecimiento, de marcar que es tiempo de dar.

El akshu tatay vive en el corazón y en la memoria de las sapallanguinas y los sapallanguinos. Cuentan que lo hacen para que sus abuelos los recuerden con alegría; y que, si pudieran volver, regresarían justo en esta época. Cuando se acerca enero y febrero, el cuerpo lo siente: los pies dan comezón, aparecen las ganas de bailar. Se conversa, se organiza, se pregunta quién ha sembrado papa, dónde tocará reaporcar, qué hará falta.
Campesinos de distintos lugares se encuentran en Sapallanga y se pasan la voz: “Tu papita está hermosa, ya está floreando”, “la alverjita ya está para cosechar”, “el maicito ya está”, “que no te ganen las avecitas”. Así se decide cuándo hacer el akshu tatay. Primero se cultiva. Después se baila. Se baila en grupo, en alegría, en armonía. Eso es lo que se dice y eso es lo que se hace.
Cuando la jornada termina, la papa queda protegida y el trabajo cumplido. Pero también se ha renovado algo más: el estar juntos, el recordar a los que ya no están y el afirmar (nuevamente) que producir no es solo sacar alimento, sino acompañar esa bendición mientras va creciendo.
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