LA COSTUMBRE: PAPA, UN PACTO CON LA TIERRA
En el mes de la papa, rendimos homenaje y agradecimiento al productor, al tubérculo que alimenta, y a nuestra tierra.
En el mes de la papa, rendimos homenaje y agradecimiento al productor, al tubérculo que alimenta, y a nuestra tierra.
Escribe Sonaly Tuesta (IG @sonalytuesta) / Fotos Sonaly Tuesta/Martín Alvarado
Sembrar papa en los Andes es más que un acto agrícola. Es un vínculo, un acuerdo antiguo que se renueva cada año entre la comunidad y la tierra.
En Comas (Concepción, Junín), ese pacto comienza en febrero, cerca de los días de carnaval, cuando la tierra aún descansa y la comunidad decide despertarla. El Chakmay Faena —la fajina— marca ese momento en que el barbecho deja de ser una labor necesaria y se convierte en celebración, en encuentro, en acto de fe compartido.
Durante varios días, los comuneros se organizan por sectores —Uchalla, Ticsilpan, Acha, Hipul, Mallhua y Tampos— y trabajan por turnos, como lo han hecho desde hace generaciones. Honran la chacra preparándola para la siembra bajo la atenta mirada de las imágenes religiosas de cada barrio, consideradas dueñas de los terrenos. Es el volteo de la tierra o champa ticlay, es abrir el suelo y dejarlo listo para recibir la vida.
La papa, ese tubérculo que crece en lo profundo, exige paciencia y respeto. No se siembra sobre cualquier tierra: se siembra sobre una tierra que ha sido animada con música, con esfuerzo colectivo y con energía ritual. Por eso el uso de la chaquitaqlla (herencia antigua, herramienta de pie) no es solamente técnica, es memoria. Los taqlleros hunden la taqlla, los calchicos voltean la champa, y juntos marcan el ritmo de una faena que también es fiesta.
Hay competencia, canto, comida, bebida. Pero lo más importante es que hay una certeza: los terrenos deber ser preparados con cuidado para que, meses después, devuelvan el alimento. Sembrar papa es confiar. Es dejar en manos del pueblo, de la naturaleza y de lo sagrado, el futuro de la cosecha.
Pero si en Comas la tierra se prepara, en Pomata (Chucuito, Puno, Perú) la tierra festeja.
En pleno carnaval, el Jatha Katu es uno de sus momentos más simbólicos. Surge en la chacra, entre música, danza y comunidad. Allí, donde suenan los pinquillos y las tarkas, donde los cuerpos bailan como si repitieran los gestos del trabajo agrícola, las familias remueven la tierra para encontrarse con la papa nueva, la mamata.
El acto es delicado y revelador: se arranca una mata, se observa la raíz, se reconocen los frutos. Las papas más grandes celebran la abundancia; las pequeñas se guardan como semilla. Es cosecha, pero también lectura. Es entender lo que la tierra está diciendo en ese momento preciso del ciclo. Esa papa que está creciendo será llevada a la mesa ritual, mientras la planta, con algunas papitas aún prendidas a la raíz, volverá a su sitio para continuar su curso.
Luego viene la challa: hojas de coca, flores, membrillo, lucma, serpentinas, mistura y algunas gotas de vino. Se agradece a la Pachamama y a la papa nueva. Se baila, se comparte, se brinda con alegría. Es un intercambio: una forma de devolver y de pedir, porque se sabe que en unas semanas habrá que regresar para la cosecha.
Así, entre Comas y Pomata, entre el volteo de la champa y la emoción de la papa nueva, se afirma una misma verdad: la agricultura andina es un diálogo constante, un saber escuchar y saber mirar; una práctica que cuida la armonía y convoca a todos, desde su propio lugar, a sostener el bien común.
Por: Sonaly Tuesta
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