ANA LUISA VELARDE: 10 AÑOS DE DULZURA Y MEMORIA
Nada en la vida puede con la mujer detrás de Ana Avellana. Sus recetas no son solo de pastelería, sino una guía para la vida. Plasmó esto en un libro y la pastelería, su forma de vivir.
Nada en la vida puede con la mujer detrás de Ana Avellana. Sus recetas no son solo de pastelería, sino una guía para la vida. Plasmó esto en un libro y la pastelería, su forma de vivir.
Escribe Diego Pajares Herrada (@diegopajaresherrada)
10 años pasan volando. En el caso de Ana Luisa Velarde, fundadora de Ana Avellana, 10 años de pastelería no solo tienen que ver con lo dulce (y no tan dulce) de sus postres, sino con la dulzura que transmite por su pasión por ellos. Una obsesión que nació en las clases de cocina del colegio, de las manos de una abuela vigorosa y de la intimidad de las cocinas domésticas donde los sabores fueron su refugio.



“Esto de los dulces no empezó hace 10 años —aclara Ana—. Fue cuando era niña, en el colegio. Me salía todo (lo dulce) muy bien y la gente decía: ‘¿por qué a ti sí?’”. Aquella facilidad iría creciendo con el tiempo, en viajes, paseos por cocinas del mundo y más. Luego, el duelo por la muerte de su padre la llevó a vender postres desde casa. Y lo que empezó como un consuelo, terminó por convertirse en su destino. En la casa de su adolescencia apareció también Don Chepi, el cocinero de la familia que cocinaba sin fórmulas, con una intuición que Ana aún recuerda como milagrosa. “Él no me contaba sus secretos —dice—, yo miraba, aprendía y me robaba algo. De ahí salieron los profiteroles y la doble torte que la gente aún recuerda”. El recuerdo de aquel maestro de cocina no es nostalgia vana: es una lección sobre la transmisión y la apropiación creativa.
La historia de Ana Avellana no es solo la de recetas: es un mapa emocional que plasmó en el libro Dulce y no tan dulce, donde, además de las recetas, cuenta su historia. O deberíamos decir, quizá, que además de la historia de su vida, nos regala una receta para el camino. Cada postre, afirma Ana, “es una etapa de mi vida”; por eso, al compilar su libro buscó contar el origen personal de cada preparación. “No es un libro de recetas: es un libro mío. Tiene historias, imágenes y recuerdos; hay partes que no son tan dulces, pero eso es la vida”, explica.
El cáncer marcó un antes y un después. “Fue un momento duro —confiesa—, pero también el empuje para compartir. Antes guardaba cosas; después pensé: ¿por qué no? Necesitaba ayuda y abrir lo que tengo me hizo bien”. Esa decisión de abrir recetas y memorias, de convertir lo íntimo en enseñanza, es parte del sello de Ana: generosa, clara, con una noción de oficio que no se arredra ante la exigencia.
Hoy, a sus 53 años, Ana dice que vive en calma. “Antes me tomaba todo muy a pecho —relata—, ahora disfruto cualquier momento. Me olvido de cosas, me lo dijeron los médicos, es un efecto. Pero escribo las recetas para no depender de la memoria”. La calma no es indiferencia: es una elección que prioriza la felicidad de sus hijos y la posibilidad de saborear la vida sin dramatismos. La pastelería de Ana Avellana mantiene esa mezcla de rigor y ternura que la hizo conocida: limpieza en la técnica, respeto por la materia prima y ese carácter intransferible que solo da la experiencia. “No es por dureza, es por respeto”, declara como si hablara del pisco o de cualquier oficio que exige fidelidad al buen hacer.
En el mostrador de su tienda conviven los clásicos que forjaron su nombre y los nuevos experimentos que confirman su curiosidad: picarones, tortas, profiteroles que a veces vienen con el eco de Don Chepi; otras, con la decisión de una mujer que quiere contar su vida en postres. Ana Avellana cumple 10 años y celebra algo más que un aniversario: celebra la continuidad de una tradición personal que ahora se entrega, se comparte y se traduce en sabores con historia.

Words by Diego Pajares Herrada (@diegopajaresherrada)
Ten years. In the case of Ana Luisa Velarde, founder of Ana Avellana, a decade of pastry-making is not only about the sweetness —sometimes not so sweet— of her desserts, but also about her passion for them. An obsession that began in school cooking classes, shaped by her grandmother’s hands and the intimacy of home kitchens, where flavors became her refuge.



“This whole sweets thing didn’t start ten years ago”, Ana says. “It started when I was a child, in school. Everything sweet just came out well, and people said, ‘Why does it work for you?’” That talent grew over time, through travels, walking through kitchens around the world, and more. Later, the grief following her father’s death led her to start selling desserts from home. What began as solace eventually became her destiny. In the house where she spent her teenage years, there was also Don Chepi, the family cook who worked without formulas, guided by intuition. Ana still remembers it as almost miraculous. “He never told me his secrets”, she remembers. “I watched, I learned, and I stole a little from him. That’s where the profiteroles and the double cake people still remember came from”. The memory of that kitchen master is not empty nostalgia; it is a lesson in transmission and creative appropriation.
The story of Ana Avellana is not only about recipes. It is an emotional map she captured in the book Sweet and Not So Sweet, where, alongside each recipe, she tells its story. Or perhaps we should say that alongside the story of her life, she offers a recipe for the journey itself. Each dessert, Ana says, “is a stage of my life.” That is why, when compiling the book, she tells us the personal origin behind every preparation. “It’s not a recipe book, it’s my book. It has stories, images, and memories. Some parts aren’t so sweet, but that’s life”, she explains.
Cancer marked a turning point. “It was a difficult moment”, she admits, “but it also pushed me to share. Before, I kept things to myself; afterward, I thought: why not? I needed help, and opening up what I have made me feel better”. That decision—to open up her recipes and memories, to turn the intimate into something to teach—is part of Ana’s hallmark: generous, clear, with a sense of craft that does not fear rigor.
Today, at fifty-three, Ana says she lives in calm. “I used to take everything very personally”, she recalls. “Now I enjoy every moment. I forget things —doctors told me it’s a side effect— but I write down the recipes so I don’t depend on memory”. Her calm is not indifference; it is a choice that prioritizes her children’s happiness and the chance to savor life without drama. The pastries at Ana Avellana maintain the blend of rigor and tenderness that made her known: technical precision, respect for ingredients, and that untransferable character that only experience can provide. “It’s not about being harsh, it’s about respect”, she says, as if she were speaking about pisco or any craft that demands fidelity to doing things well.
Behind the counter at her shop, the classics that built her name coexist with new experiments that confirm her curiosity: picarones, cakes, profiteroles that sometimes carry the echo of Don Chepi; at other times, the words of a woman who chose to tell her life through desserts. Ana Avellana turns ten years old and celebrates more than an anniversary: she celebrates the continuity of a personal tradition now shared and translated into flavors with a story.
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