DEL CAFÉ DE LA MAÑANA A LA COPA DE LA NOCHE
De los históricos cafés miraflorinos a nuevas propuestas que mezclan café de especialidad, brunch, vino y coctelería, los cafés-bar se han convertido en espacios que acompañan el ritmo de la ciudad.
De los históricos cafés miraflorinos a nuevas propuestas que mezclan café de especialidad, brunch, vino y coctelería, los cafés-bar se han convertido en espacios que acompañan el ritmo de la ciudad.
Escribe Redacción El Trinche (IG @eltrinchecom) / Foto de Portada Bottega Dasso
Antes de que la tercera ola del café aterrizara con fuerza en Lima, ya existían espacios donde una taza de espresso convivía sin problemas con una copa de vino o un cóctel al caer la tarde. No eran exactamente bares ni tampoco cafeterías tradicionales. Eran lugares donde el tiempo parecía fluir de otra manera, donde se podía empezar el día leyendo el periódico y terminarlo compartiendo una conversación al borde de una barra.
Hoy, muchos de esos espacios se conocen como cafés-bar, una categoría cada vez más visible que responde a una ciudad cuyos hábitos han cambiado. El trabajo remoto, las jornadas menos rígidas y una búsqueda constante de lugares cómodos para volver a esas tertulias largas impulsaron este concepto que nos acompaña desde el desayuno hasta la última copa de la noche.

Lima lleva décadas acogiendo estos espacios. Basta mirar dos de sus referentes históricos que están enfrente del óvalo de Miraflores. Por un lado, La Tiendecita Blanca, que abrió sus puertas en 1936 y desde entonces ha sido lugar para desayunos familiares, almuerzos de trabajo, brindis de media tarde, lonches interminables y cenas sin apuro. Al lado opuesto, frente al Parque Central de Miraflores, el Haití comenzó su historia en 1952 introduciendo el espresso al estilo italiano y una terraza de aire europeo donde la tertulia se acompaña con un Pisco Sour, Apple Martini o el famoso Machu Picchu. Dos estilos diferentes, pero unidos por una misma idea: ofrecer algo más que café. Otro sobreviviente ilustre de Miraflores es el Café de la Paz, que con casi tres décadas de vida se ha adaptado a los nuevos tiempos. Su propuesta de restaurante-bistró permite pasar del desayuno a la cena haciendo un momento para el aperitivo y el brindis de rigor.
Desde una mirada contemporánea, el concepto de café-bar ha llegado más lejos. Intro Café Bar, inspirado en modelos presentes en ciudades como Buenos Aires, Nueva York y Londres, nació durante la pandemia de la mano de Ignacio Barrios, que apostó por una fórmula sencilla pero efectiva: ofrecer desde el primer café de la mañana hasta el último cóctel de la noche. Hoy cuenta con varios locales, incluida una casona en Barranco donde la arquitectura, el arte, la gastronomía y una destacada barra conviven bajo el mismo techo.
En la calle Miguel Dasso de San Isidro encontramos otros ejemplos interesantes. Bottega Dasso cumple una década consolidándose como uno de esos lugares difíciles de clasificar. Hay quienes comienzan el día tomando un café y leyendo el periódico; otros llegan para almorzar o cenar; y muchos se sientan en el bar para disfrutar de una de las cartas de destilados más completas de la ciudad. Un lugar camaleónico: durante el día acoge reuniones de trabajo y, por la noche, las luces bajan, la barra toma protagonismo y la coctelería se convierte en el centro de la experiencia.

Algo similar ocurre en Lila. Desde que abrió sus puertas en esa misma calle, su propuesta se adapta a cada momento del día. La bollería recién horneada comparte espacio con platos de fondo, vinos y cócteles de autor. La barra ocupa una posición central, tanto física como conceptualmente, reforzando la idea de que café y mixología no son universos opuestos, sino complementarios. En Miraflores, Amarena ha encontrado su propio camino dentro de esta categoría. El proyecto liderado por Camila Unzueta, Laura Tibaquira y Andrea Rodríguez comenzó en 2021 apostando por una cocina accesible, bien ejecutada y pensada para cualquier hora. Sus brunches son ya parte de la conversación gastronómica limeña, pero el espacio evoluciona durante el día. A medida que cae la tarde aparecen la copa de vermú, los vinos, los cócteles y una atmósfera distinta que invita a prolongar la visita.
En el mismo distrito, la transformación de Mó Bistró en Mó Café también refleja esta evolución: lo que comenzó como restaurante encontró en el formato cafetería una manera más flexible de relacionarse con su público. Opciones para toda hora, incluida la coctelería, desde una Mimosa hasta un Negroni o un Gin Tonic.

Incluso los espacios culturales han abrazado esta tendencia. El café de Dédalo, escondido entre arte, diseño y un enorme ficus, demuestra que la experiencia contemporánea no gira únicamente alrededor de la comida o la bebida. El visitante busca lugares donde pueda tener varias vivencias al mismo tiempo: comer, trabajar, comprar, descubrir y quedarse a brindar. Quizá por eso el formato encaja tan bien. Lima es una ciudad que disfruta de la sobremesa, que encuentra placer en las conversaciones largas y que no siempre tiene prisa por levantarse de la mesa. Los límites entre desayuno, almuerzo, lonche y cena son cada vez más difusos. Lo mismo ocurre entre cafetería y bar.
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