JUANA MARTÍNEZ DE GONZALES: LA DAMA DEL PISCO
No habla de conquistas ni de permisos. Habla de derecho. En un mundo que durante décadas se contó en masculino, Juana Martínez de Gonzales lo dice directamente: el pisco no distingue géneros.
No habla de conquistas ni de permisos. Habla de derecho. En un mundo que durante décadas se contó en masculino, Juana Martínez de Gonzales lo dice directamente: el pisco no distingue géneros.
Escribe Diego Pajares H. (IG @diegopajaresherrada)
No habla de conquistas ni de permisos. Habla de derecho. En un mundo que durante décadas se contó en masculino, Juana Martínez de Gonzales lo dice directamente: el pisco no distingue géneros, distingue manos. Y en la bodega, históricamente, las manos de la mujer han sido las que siempre cuidaron el aroma, el detalle y la limpieza de la uva, materia prima del pisco.



Para Juana Martínez de Gonzales, hablar de pisco es hablar de vida. De sangre, de memoria y de carácter. En una copa no solo reconoce la uva, sino la tierra al amanecer, el rigor del oficio y una verdad que no admite negociación: o está bien hecho, o no es nada. El pisco es honestidad destilada, asegura. Por eso exige, corrige y no tolera la mediocridad. No por dureza, sino por respeto.
Llegó a la bodega por amor, pero se quedó por convicción. Su esposo era dueño de los viñedos y, al casarse, sus vidas se mezclaron. Pero doña Juana no entró a acompañar ni a cumplir un rol decorativo. Entró a poner su sello. Disciplina aprendida, limpieza extrema, precisión en el destilado y una elegancia que no se aprende en manuales. En Tres Generaciones, la bodega familiar, la exigencia no es discurso: es método. Cuando muchos dudaban, Juana estuvo ahí desde las cinco de la mañana, nivelando, nutriendo, sembrando parras. Hoy ese espacio es un viñedo productivo, pero también una prueba de carácter. De esa materia prima, dice, sale lo mejor de ellos: pisco hecho con cuidado, sin tomar atajos.
Hoy ve el legado en manos de sus hijos. No con nostalgia, sino con tranquilidad. Ellos heredaron viñedos, sí, pero sobre todo heredaron el nivel requerido. “La bodega es de ustedes, pero el sello de excelencia sigue siendo el apellido”, manifiesta. El pisco que sale hoy mantiene el honor y la pureza de siempre porque la tradición se defiende. Y aquí el punto es más grande que una familia o una marca. La gastronomía peruana —celebrada, exportada, aplaudida— se sostiene sobre un trabajo femenino que durante años fue invisible. Mujeres que limpiaron, probaron, corrigieron, cuidaron procesos cuando no había premios ni cámaras. Juana Martínez de Gonzales no ha pedido reconocimientos por ser una mujer en la industria del pisco. Lo ha demostrado durante muchos años. Porque en la cocina, en la chacra y en la bodega, la mujer no solo alimenta al país: lo sostiene.

Words Diego Pajares H. (IG @diegopajaresherrada)
She does not speak of conquests or permissions. She speaks of rights. In a world long narrated in the masculine, Juana Martínez de Gonzales is direct: pisco does not distinguish gender, it distinguishes hands. And in the winery, historically, it has been women’s hands that have guarded aroma, detail, and the cleanliness of the grape—the very raw material of pisco.



For Juana Juana Martínez de Gonzales, to speak of pisco is to speak of life. Of blood, memory, and character. In a single glass, she recognizes not only the grape, but the land at dawn, the rigor of the craft, and a truth that allows no negotiation: either it is well made, or it is nothing. Pisco, she insists, is distilled honesty. That is why she demands, corrects, and tolerates no mediocrity—not out of harshness, but respect.
She arrived at the winery through love, but stayed out of conviction. Her husband owned the vineyards and, upon marrying, their lives intertwined. But doña Juana did not come to accompany or to play a decorative role. She came to leave her mark. Learned discipline, extreme cleanliness, precision in distillation, and an elegance that cannot be found in manuals. At Tres Generaciones, the family winery, rigor is not rhetoric—it is method. When many doubted, Juana was there at five in the morning, leveling the land, nourishing it, planting vines. Today, that space is a productive vineyard, but also a testament to character. From that raw material, she says, comes the best of them: pisco made with care, without shortcuts.
Today she sees the legacy in her children’s hands. Not with nostalgia, but with calm certainty. They inherited vineyards, yes—but above all, they inherited standards. “The winery is yours, but the seal of excellence remains in the family name,” she says. The pisco produced today preserves the same honor and purity as ever, because tradition must be defended. And here the point is larger than a family or a brand. Peruvian gastronomy —celebrated, exported, applauded— rests on women’s labor that for years went unseen. Women who cleaned, tasted, corrected, and safeguarded processes when there were no awards or cameras. Juana Martínez de Gonzales did not ask for recognition as a woman in the pisco industry. She has shown she’s good over decades. Because in the kitchen, the fields, and the winery, women do not merely feed the country—they sustain it.
Conversamos con el chef del restaurante 99, de Santiago de Chile, y nos recomendó sus fijos para comer en la capital del país vecino.
Leer másDiego Muñoz, el chef de Navegante (Punta Hermosa) y Oroya (Madrid), nos comparte sus lugares favoritos para comer rico en el distrito playero del sur todo año.
Leer másEn Caracas, tres amigos organizaron una ruta de bares inspirada en una tradición de Semana Santa.
Leer más