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ENRAIZANDO EN TIERRA SANA

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Escribe Brisa Deneumostier

Un viento huracanado sopló y se volvió Lima mi base-hogar, una vez más, hace cuatro años. Después de vivir 10 años fuera, al llegar sentí la necesidad de enraizar. Bueno, enraizar hasta cierto punto… porque a la brisa que sopla constantemente no se le puede pedir que se detenga en un solo lugar.

Así, una de las primeras tareas que me propuse para este proceso de enraizamiento fue conectar con distintos productores orgánicos del valle más cercano a donde vivía y luego aplicar lo aprendido – en la medida de lo posible- en la vida misma, empezando en la pequeña huerta que mi madre ya había iniciado años atrás dentro del taller de cerámica que tienen con mi padre, Jallpa Nina. Está ubicado en el valle de Lurín, uno de los principales valles verdes de nuestra árida capital. Tiempos atrás, los antiguos pobladores peruanos eligieron esta zona de la costa para venerar a Pachacamac, “alma de la tierra, el que anima al mundo. Soberano y creador del mundo”. Hoy, lamentablemente, gran parte de este territorio ha sido cedido a la industria, eliminando varias áreas verdes silvestres y de cultivo.

Quedan atrás en el baúl de los recuerdos, los momentos que cosechaba junto a mis amigas de la playa, con la misma emoción de buscadoras de tesoros, en la chacra de unos amigos de mis padres. También queda atrás ese manto de chacras menos interrumpido –que el de hoy- entre el mar y las montañas, el cual recorría a cuestas del noble caballo de paso, Malabrigo. Desde su lomo podía divisar a lo lejos a “mis islas”, como les llamaba en secreto a la “ballena y sus acompañantes” – Las islas de Pachacamac.

Felizmente quedan algunos pequeños oasis, que refrescan mi recuerdo evocado por el aroma que desprende la tierra, el aire y el mar. Uno de estos es la finca Bioagricultura Casa Blanca, ubicada muy cerca a las Lomas de Lúcumo, las cuales entre junio y octubre se cubren de un manto verde y florido, lleno de vida con Amancaes, papas silvestres, vizcachas, águilas, entre varios seres más.

La finca es hogar de Carmen Felipe-Morales y Ulises Moreno, ambos ingenieros agrónomos, profesores cesantes de la Universidad Agraria de La Molina. Este par de grandiosos seres humanos se conocieron y enamoraron cuando Carmen era una ávida estudiante de Ulises. Cada vez que los visito, escucho con la misma pasión y orgullo su historia de vida y demostración de su pequeño-gran oasis. Hace más de 30 años compraron una hectárea de lo que fue un día la hacienda Casa Blanca. Desde entonces se dedicaron a desarrollar una agricultura sostenible, aplicando los principios de la agricultura ecológica y los conocimientos científicos transformados en prácticas y tecnologías sencillas, pero viables y productivas.

Familias aprendiendo.

Familias aprendiendo.

Actualmente esa hectárea es un centro de producción, investigación y capacitación en agricultura ecológica y educación ambiental. Reciben más de 13 mil visitas al año, pequeños y adolescente de distintos colegios, universitarios y profesionales. Así como también viajeros y curiosos, como yo. Entre uno de sus visitantes más reconocidos está Carlo Petrini, el fundador del movimiento Slow Food. Al visitar esta finca, podemos observar como productos de la costa, sierra y selva conviven en armonía gracias a la iniciativa y conocimientos aplicados por Carmen (especializada en manejo y conservación del suelo y agroecología) y Ulises (especializado en fisiología vegetal).

“La alimentación es vida, y la vida no debe separarse de la naturaleza”, Masanobu Fukuoka.

Tras observar lo que ocurre en los ecosistemas naturales, ellos lo ponen en práctica en el agro-sistema de su finca. Pues son conscientes de que somos uno de los países más megadiversos del planeta y por eso promueven también la conservación de la agrodiversidad, necesaria para mantener el balance –salud- del suelo, del  planeta, y por ende la nuestra. Ellos no aplican pesticidas, promueven el control biológico de plagas mediante el uso de plantas hospederas de insectos benéficos y preparados a base de plantas repelentes de organismos dañinos para los cultivos. Su huerta es un policultivo de sembríos asociados con la intención de que se ayuden entre sí en la captación de nutrientes, el control de plagas, la polinización así como otros factores que mejoren la productividad agrícola. Rotan cultivos constantemente para no degradar la salud del suelo. Manteniendo la salud de los suelos se aumenta también la producción de la cosecha y se brinda un bienestar más allá de lo económico. Se gana una calidad de vida.

Alumnos atentos en plena explicación.

Alumnos atentos en plena explicación.

Que sería de nosotros los seres humanos sin los guardianes de la Tierra como Carmen y Ulises, y otro buen tanto más. Ellos, en distintos rincones de nuestro planeta, siguen respetando la Madre Tierra mediante la conservación y continuidad de tradiciones milenarias transmitidas de generación en generación, y que hoy en día se combinan con el uso responsable de la tecnología contemporánea. Gracias a ellos se promueve la seguridad y soberanía alimentaria.

“La alimentación es vida, y la vida no debe separarse de la naturaleza”, Masanobu Fukuoka.

Una de las veces que asistí al congreso gastronómico Madrid Fusión (España), tuve la oportunidad de presenciar la ponencia del chef japonés Yoshiro Nirasawa, quién con su cocina mostraba los elementos naturales y los alimentos con parte integral de la naturaleza. Uno de los platos que presentó fue sopa de tierra, con agua de manantial. Era tierra de verdad, no imitación a la tierra. Si hubiese podido probarla, créanme que no lo hubiese dudado una sola vez. Quién en su infancia no preparó alguna vez sopa o hamburguesas de tierra y estuvo tentado a comérsela. No creo que haya sido la única.

El protagonista, el motor de Bioagricultura Casa Blanca, es otro pequeño y potente ser, el cuy. Claro está, además de la pequeña, grandiosa y potente Carmen, como Ulises describiría con su humor que lo caracteriza. Gracias al residuo biológico del cuy, que pasa por un proceso de transformación con la ayuda de pequeños microorganismos, se fertiliza el campo de cultivo con compost y bioabonos líquidos y sólidos. También se obtiene energía limpia, biogás, mediante un biodigestor de invención china. Una imitación de nuestro sistema digestivo. Carmen concluyó después de su investigación con distintos animales, que este pequeño animal nativo de los Andes es el que más rico abono da y que a su vez, ocupa menos área.

Ellos, controlan rigurosamente la convivencia de cuyes para mantener una buena calidad genética. También el número que pueden albergar. El excedente lo utilizan para su propia alimentación o para la venta a restaurantes y en la bioferia de Miraflores, junto con los otros productos que la tierra les brinda. Vale recalcar que sus helados de lúcuma, zarzamora y fresa, preparados con su propia cosecha, le roban la sonrisa desde el corazón a todo niño… y a todo niño-adulto también. El cuy, así como ellos, es un gran ejemplo de lo que uno es capaz de retribuir en sintonía con la naturaleza.

Hace un par de años visitamos junto a unos amigos y mi esposo, una comunidad a más de 3000 msnm en Cusco. Fue asombroso, todo un orgullo e inspiración experimentar la riqueza y calidad de vida en la que vivían estas familias. Habían sido capacitadas con la tecnología que Ulises y Carmen enseñan. Este dinámico dúo, ha capacitado a varios ingenieros dentro y fuera de su finca, para que difundan el conocimiento adquirido por ellos mediante la investigación y la práctica. Su finca de una hectárea es una perfecta demostración de la viabilidad ambiental, técnica, social y económica de la pequeña agricultura (la que más existe en nuestro país).

Trabajo diario y amor por nuestra biodiversidad.

Trabajo diario y amor por nuestra biodiversidad.

Carmen y Ulises han participado en la creación de la Red de Agricultura Ecológica del Perú (RAE PERÚ), así como también en la creación y desarrollo de la Asociación Nacional de Productores Ecológicos (ANPE PERÚ) y en la asociación Ecológica Perú. Más de una vez he confirmado que el ser humano, sobre todo, aprende con el ejemplo de otros, y es esencial para nosotros el tener referentes a quién admirar y de quienes sentirnos inspirados. Inspirados a ser cada vez mejores seres humanos para coexistir, en armonía en este gran hogar – Planeta Tierra.

Cada vez que visito a Carmen y Ulises, es un “reset –reactualizar”. Me hace una y otra vez, detenerme y reflexionar por donde y a qué dirección voy. ¿Está mi vida en resonancia con mi bienestar, con los que me rodean y con la Madre Tierra? ¿En qué nivel? ¿En qué área y hacia dónde puedo seguir expandiendo esa consciencia, reflejada en la acción del día a día? Esa consciencia que nos muestra que estamos interrelacionados y que somos co-dependientes unos de otros. Como dijo Goethe, “Nada sucede en la naturaleza viva, que no esté en relación con la totalidad”.

Carmen y Ulises aspiran a que cada visitante se vaya sintiendo una responsabilidad por el planeta, y no cabe alguna duda de que logran su objetivo. Si de embajadores ambientales se trata, ellos son de lo mejorcito que he conocido. Just do it, nos dice Ulises una y otra vez. Nike tiene aquí a un gran promotor, por pura convicción, gracias a su vivencia. Hoy se mantiene en pie y activo a sus 82 años, y se lo atribuye al hacer de cada día en el campo. Por su experiencia de vida, nos dice con certeza, que no hay excusa alguna para que alguien en el Perú se queje de falta de recursos, pobreza, crisis política o ambiental. “Hay que hablar menos y hacer más: Just do it”.

El artículo fue publicado el 14 Octubre, 2014
BRISA DENEUMOSTIER
Terrestre. Chef. Me inspiran las personas que conectan con el alimento como medio para seguir el camino que dicta su corazón. Me motiva el alimento que nutre a nivel físico, mental y energético. Del balance de nuestro hogar, el planeta Tierra, depende la salud de lo que comemos y, por ende, nuestra salud y bienestar.

Comentarios

  1. avatar
    ali gerbolini

    Lindo, Brisa, me encantó el relato… Voy a ir con mi familia a conocer!
    Un abrazo,
    Ali

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